viernes, 18 de enero de 2013

Virgilio
 Publio Virgilio Marón (Andes 70-Brindisi 19 a. de C.);.Por su evolución filosófica se considera a su obra como el reflejo de las corrientes de pensamiento de Roma.
Un día Virgilio decidió embarcarse por el Mediterráneo, pero una imprevista tempestad le mandó a una isla en algún lugar de África, donde conoció a la princesa Dido, que se enamoro de él. Virgilio, recordando lo que le pasó a Ulises y temiendo acabar transformado en cerdo, optó por irse corriendo. Luego, al llegar a Italia, enterró las memorias de su viaje con el montón de sueños que tuvo, como hablar con los dioses y hablar con los muertos (todo esto provocado por el vino). Virgilio recopiló estos escritos bajo el nombre de “La Eneida”, tardando once años en escribir esta obra, y casi inmediatamente enterró la obra. Debido al mal estado de salud de Virgilio, antes de embarcar en un viaje a Grecia que debía durar tres años, confía el manuscrito provisional de la Eneida a sus amigos Vario Rufo y Plotio Tuca, para ser destruído si no sobreviese al viaje. Pocos meses después muere Virgilio pero sus amigos no se atreven a quemar la obra de casi diez mil hexámetros y salvan de las llamas los versos más bellos de la poesía romana.
Lo mandó escribirla Augusto, para glorificar a roma.


 Trozo de la obra en la que se encuentran las arpías.
Apenas desembarcamos en el puerto, vimos esparcidas
por toda la campiña hermosas vacadas y rebaños de cabras
sin pastor. Entrámoslos a cuchillo, ofreciendo a los dioses y
al mismo Júpiter parte de aquella presa; luego disponemos
en la corva playa los hechos y empezamos a comer aquellos
óptimos manjares, cuando de pronto acuden desde los
montes con horrible vuelo las arpías, y batiendo las alas con
gran ruido, arrebatan nuestras viandas y las corrompen todas
con su inmundo contacto, esparciendo en torno, entre sus
fieros graznidos, insoportable hedor. Segunda vez ponemos
las mesas a gran distancia de allí, en una honda gruta, cerrada
por corpulentos árboles, que la cubren de espesísima som-
bra, y restablecemos el fuego en los altares; mas segunda vez
también, desde diversos puntos del cielo, sale la resonante
turba de sus lóbregos escondrijos, revolotea, esgrimiendo sus
garras, alrededor de nuestros manjares y los ensucia con sus
bocas. Mando entonces a mis compañeros que empuñen las
armas y cierren con aquella familia maldita; hácenlo como lo
dispongo, ocultando las espaldas y los broqueles entre la
yerba, y apenas las arpías se dispersan en ruidoso tropel por
las corvas playas, y Miseno, desde un alto risco, da la señal
con una trompeta, las acometen los míos, y en tan nuevo
linaje de lid, acuchillan a aquellas sucias aves del mar; pero su
plumaje impenetrable las preserva de toda herida, y tendien-
do su vuelo por el firmamento en rápida fuga, abandonan la
ya roída presa entre asquerosos rastros de su presencia. Sólo
Celeno quedó posada en una eminente roca, desde donde,
fatal agorera, rompió a hablar en estos términos:
"Hijos de Laomedonte después de habernos movido
guerra, destruyendo nuestros ganados, ¿todavía intentáis
expulsar a las inocentes arpías del reino de sus padres? Oíd,
pues, lo que os voy a decir, y guardad bien en la memoria
estas palabras: Yo, la mayor de las furias, voy a revelaros las
cosas que el Padre omnipotente tiene vaticinadas a Febo, y
Febo me ha vaticinado a mí. A Italia enderezáis el rumbo, y a
Italia os llevarán los vientos invocados; lograréis arribar a sus
puertos, pero no rodearéis con murallas la ciudad que os
conceden los hados, sin que antes horrible hambre, castigo
de la matanza que habéis intentado en nosotras os haya obli-
gado a morder y devorar vuestras propias mesas."
Dijo, y volando fue a refugiarse en la selva. Aquellas pa-
labras helaron de súbito terror la sangre en las venas a mis
compañeros; decayeron los ánimos, y renunciado al medio
de las armas, con votos y preces determinan implorar la paz,
ya sean diosas las arpías, ya crueles e inmundas aves. Mi pa-
dre Anquises, tendiendo en la playa sus manos al cielo, invo-
ca a los grandes númenes y prescribe los sacrificios que
reclama el caso. "¡Apartad, oh dioses". exclama, "esas ame-
nazas! ¡Apartad de nosotros tamaño desastre, y salvad a estos
hombres piadosos!" Enseguida manda cortar los cables y
tender las sacudidas jarcias.

Texto original:

 Fit sonitus spumante salo; iamque arva tenebant,
ardentisque oculos suffecti sanguine et igni,
sibila lambebant linguis vibrantibus ora.
Diffugimus visu exsangues: illi agmine certo
Laocoönta petunt; et primum parva duorum
corpora natorum serpens amplexus uterque
implicat, et miseros morsu depascitur artus;
post ipsum auxilio subeuntem ac tela ferentem
corripiunt, spirisque ligant ingentibus; et iam
bis medium amplexi, bis collo squamea circum
terga dati, superant capite et cervicibus altis.
Ille simul manibus tendit divellere nodos,
perfusus sanie vittas atroque veneno,
clamores simul horrendos ad sidera tollit:
quales mugitus, fugit cum saucius aram
taurus, et incertam excussit cervice securim.
At gemini lapsu delubra ad summa dracones
effugiunt saevaeque petunt Tritonidis arcem,
sub pedibusque deae clipeique sub orbe teguntur.
Tum vero tremefacta novus per pectora cunctis
insinuat pavor, et scelus expendisse merentem
Laocoönta ferunt, sacrum qui cuspide robur
laeserit, et tergo sceleratam intorserit hastam.
Ducendum ad sedes simulacrum orandaque divae
numina conclamant.

 Trozo de obra en el que se encuentra polifemo.

Mas no quedó impune; no consintió Ulises
tales horrores, no se olvidó de los suyos en tan tremendo
trance el Rey de Itaca. Luego que Polifemo, atestado de co-
mida y aletargado por el vino, reclinó la doblada cerviz y se
tendió cuan inmenso era en su caverna, arrojando por la
boca, entre sueños, inmundos despojos, mezclados con vino
y sangre, nosotros, después de invocar a los grandes núme-
nes, y designados por la suerte los que habían de acometer la
empresa, nos arrojamos todos a la vez sobre él, y con una
estaca aguzada le taladramos el enorme ojo, único que ocul-
taba bajo el entrecejo de su torva frente, semejante a una
rodela argólica o al luminar de Febo; y alegres en fin, ven-
gamos las sombras de nuestros compañeros. Pero huíd, in-
felices, huíd, y cortad el cable que os amarra a la costa...
porque no es ese Polifemo, tal cual os le ha pintado, el único
que recoge sus ovejas en la inmensa caverna y les exprime las
ubres; otros cien infandos Cíclopes, tan gigantescos y fieros
como él, habitan estas corvas playas y vagan por estos altos
montes. Ya por tercera vez se han llenado de luz los cuernos
de la luna desde que arrastro mi existencia por las selvas,
entre las desiertas guaridas de las fieras, observando desde
una roca cuándo asoman los gigantes Cíclopes, y temblando
al ruido de sus pisadas y de su voz. Los arbustos me dan un
miserable alimento de bayas y desabridas cerezas silvestres;
las yerbas me sustentan con sus raíces, que arranco con mi
mano. Atalayando estos contornos, descubrí vuestras naves,
que se dirigían a estas playas, y a ellas, fuesen de quien fue-
sen, resolví entregarme. Mi único afán es huir de esta mons-
truosa gente; ahora vosotros imponedme el género de
muerte que os plazca."
No bien había pronunciado estas palabras, cuando en la
cumbre de un monte vemos moverse entre su rebaño la
enorme mole del mismo pastor Polifemo, que se encaminaba
a las conocidas playas; monstruo horrendo, informe, colosal,
privado de la vista. Lleva en la mano un pino despojado de
sus ramas, en que apoya sus pasos, y le rodean sus lanudas
ovejas, su único deleite, consuelo también en su desgracia...
Luego que tocó las profundas olas y hubo penetrado en el
mar, lavó con sus aguas la sangre que chorreaba de su ojo
reventado, rechinándole los dientes de dolor; y avanzando
enseguida a la alta mar, aun no mojaban las olas su enhiesta
cintura. Temblando precipitamos la fuga, después de haber
acogido en nuestro bordo al griego suplicante, que bien lo
merecía; cortamos los cables en silencio, e inclinados sobre
los remos, a porfía barremos la mar. Oyonos él, y torció su
marcha hacia donde sonaba el ruido que hacíamos; mas co-
mo no le fuese dado alcanzarnos con su mano, ni pudiese
correr tan aprisa como las olas jónicas, levantó un inmenso
clamor, conque se estremecieron el ponto y todas las olas,
retembló en sus cimientos toda la tierra de Italia, y rugió el
Etna en sus huecas cavernas. Concitados por aquel ruido,
acuden los Cíclopes de las selvas y de los altos montes, y
precipitándose en tropel hacia el puerto, llenan las playas; en
ellas veíamos de pie y mirándonos en vano con feroces ojos,
a aquellos hermanos, hijos del Etna, cuyas altas frentes se
levantaban al firmamento. ¡Horrible compañía! tales se alzan
con sus excelsas copas las aéreas encina o los coníferos ci-
preses, en las altas selvas de Júpiter o en los bosques de Dia-
na. Aguijados por el miedo, maniobramos, atentos sólo a
precipitar la fuga, tendiendo las velas al viento favorable;
mas recordando los preceptos contrarios de Eleno, que nos
recomendaba evitar el rumbo entre Scila y Caribdis, como
muy peligroso, determinamos volver atrás, cuando he aquí
que empieza a soplar el Bóreas por el angosto promontorio
de Peloro, y nos impele más allá de las bocas del río Pantago,
formadas por peñas vivas del golfo de Megara y de la baja
isla de Tapso. Todas aquellas playas que de nuevo recorría,
nos iba enseñando Aqueménides, compañero del infeliz Uli-
ses.
Fábula de Polifemo y Galatea.
LUIS DE GONGORA Y ARGOTE. Córdoba 1561-1627


Texto original
 
Hic me, dum trepidi crudelia limina linquunt,
inmemores socii vasto Cyclopis in antro
deseruere. Domus sanie dapibusque cruentis,
intus opaca, ingens; ipse arduus, altaque pulsat
sideraDi, talem terris avertite pestem!—
nec visu facilis nec dictu adfabilis ulli.
Visceribus miserorum et sanguine vescitur atro.
Vidi egomet, duo de numero cum corpora nostro
prensa manu magna, medio resupinus in antro,
frangeret ad saxum, sanieque aspersa natarent
limina; vidi atro cum membra fluentia tabo
manderet, et tepidi tremerent sub dentibus artus.
Haud impune quidem; nec talia passus Ulixes,
oblitusve sui est Ithacus discrimine tanto.
Nam simul expletus dapibus vinoque sepultus
cervicem inflexam posuit, iacuitque per antrum
immensus, saniem eructans et frusta cruento
per somnum commixta mero, nos magna precati
numina sortitique vices, una undique circum
fundimur, et telo lumen terebramus acuto,—
ingens, quod torva solum sub fronte latebat,
Argolici clipei aut Phoebeae lampadis instar,—
et tandem laeti sociorum ulciscimur umbras.
Sed fugite, O miseri, fugite, atque ab litore funem
rumpite
Nam qualis quantusque cavo Polyphemus in antro
lanigeras claudit pecudes atque ubera pressat,
centum alii curva haec habitant ad litora volgo
infandi Cyclopes, et altis montibus errant.
Tertia iam lunae se cornua lumine complent,
cum vitam in silvis inter deserta ferarum
lustra domosque traho, vastosque ab rupe Cyclopas
prospicio, sonitumque pedum vocemque tremesco.
Victum infelicem, bacas lapidosaque corna,
dant rami et volsis pascunt radicibus herbae.
Omnia conlustrans, hanc primum ad litora classem
conspexi venientem. Huic me, quaecumque fuisset,
addixi: satis est gentem effugisse nefandam.
Vos animam hanc potius quocumque absumite leto.”
Vix ea fatus erat, summo cum monte videmus
ipsum inter pecudes vasta se mole moventem
pastorem Polyphemum et litora nota petentem,
monstrum horrendum, informe, ingens, cui lumen ademptum.
Trunca manu pinus regit et vestigia firmat;
lanigerae comitantur ovesea sola voluptas
solamenque mali.
Postquam altos tetigit fluctus et ad aequora venit,
luminis effossi fluidum lavit inde cruorem,
dentibus infrendens gemitu, graditurque per aequor
iam medium, necdum fluctus latera ardua tinxit.
Nos procul inde fugam trepidi celerare, recepto
supplice sic merito, tacitique incidere funem;
vertimus et proni certantibus aequora remis.
Sensit, et ad sonitum vocis vestigia torsit;
verum ubi nulla datur dextra adfectare potestas,
nec potis Ionios fluctus aequare sequendo,
clamorem immensum tollit, quo pontus et omnes
contremuere undae, penitusque exterrita tellus
Italiae, curvisque immugiit Aetna cavernis.



viernes, 11 de enero de 2013

La Eneida.

Pasaje de Laoconte.

La historia comienza cuando los griegos dejan como "regalo" un caballo echo de madera, algunos pensaban que era como recompensa por los daños y lo aceptaron como regalo para los dioses, mientras tanto otros desconfiaban. Laoconte no se fiaba de los griegos, quería que el caballo fuese tirado al mar, o quemado, incluso él le tira una lanza al lombo del caballo, estaba completamente seguro de que algo malo iba a pasar.

Más tarde los dioses castigaron a Laoconte tirando dos serpientes al mar, éstas van directamente hacia Laoconte, matando primero a sus dos hijos y luego al padre ya que éste fue en su ayuda. Todos pensaban que Laoconte se lo había merecido por tirarle la lanza al caballo.

 

Texto en Latín.

 Primus ibi ante omnis, magna comitante caterva,

[...]
Talibus insidiis periurique arte Sinonis
credita
res, captique dolis lacrimisque coactis,
quos
neque Tydides, nec Larisaeus Achilles,
non
anni domuere decem, non mille carinae.
Hic
aliud maius miseris multoque tremendum
obicitur magis, atque improvida pectora turbat.
Laocoön
, ductus Neptuno sorte sacerdos,
sollemnis
taurum ingentem mactabat ad aras.
Ecce
autem gemini a Tenedo tranquilla per alta
horresco
referensimmensis orbibus angues
incumbunt
pelago, pariterque ad litora tendunt;
pectora
quorum inter fluctus arrecta iubaeque
sanguineae
superant undas; pars cetera pontum
pone
legit, sinuatque immensa volumine terga.
Fit
sonitus spumante salo; iamque arva tenebant,
ardentisque
oculos suffecti sanguine et igni,
sibila
lambebant linguis vibrantibus ora.
Diffugimus
visu exsangues: illi agmine certo
Laocoönta
petunt; et primum parva duorum
corpora
natorum serpens amplexus uterque
implicat
, et miseros morsu depascitur artus;
post
ipsum auxilio subeuntem ac tela ferentem
corripiunt
, spirisque ligant ingentibus; et iam
bis
medium amplexi, bis collo squamea circum
terga
dati, superant capite et cervicibus altis.
Ille
simul manibus tendit divellere nodos,
perfusus
sanie vittas atroque veneno,
clamores
simul horrendos ad sidera tollit:
quales
mugitus, fugit cum saucius aram
taurus
, et incertam excussit cervice securim.
At
gemini lapsu delubra ad summa dracones
effugiunt
saevaeque petunt Tritonidis arcem,
sub
pedibusque deae clipeique sub orbe teguntur.
Tum
vero tremefacta novus per pectora cunctis
insinuat
pavor, et scelus expendisse merentem
Laocoönta ferunt, sacrum qui cuspide robur
laeserit
, et tergo sceleratam intorserit hastam.
Ducendum
ad sedes simulacrum orandaque divae
numina
conclamant.

 Escultura de Laocoonte.

Tuvo tres escultores, Aguesandro, Polidoro e Atenodoro; hacia el año 50 d.C. Originalmente fue esculpido en mármol rosado e blanco. La escultura mide 2 metros y 42 centímetros, actualmente esta expuesta en los Museos Vaticanos. Tiene una estructura oblicua de vulto redondo, onde desaparece la serenidade y el equilibrio clásico.
La escultura representa el instante en el que Laoconte y sus dos hijos, eran atacados por dos serpientes, segun los críticos la escultura representa la impotencia y el dolor sobrehumano.

http://cv.uoc.edu/~04_999_01_u07/percepcions/laocoonte.jpg



sábado, 15 de diciembre de 2012


La muerte en la antigua Grecia.

La muerte para los griegos era muy importante,pues negar sepultura a un cadáver era condenar a vagar al alma del difunto y por consiguiente crear un peligro a los vivos. Era de esencial que un griego fuera enterrado o incinerado en su patria.

Rituales Funerarios.
Una vez  fallecido, del difunto se encargaba su más allegada familia, que preparaban y amortajaban al final sometiéndolo a un baño de agua y otro de aceite aromático. Se envolvía al difunto en un sudario dejando el rostro al descubierto y se le ponía algunas alhajas. Lo más significativo y lo que ha pasado a la historia como leyenda tradicional es la moneda que ponían en la boca del fallecido.
Este óbolo era de poco valor económico, pero de mucho valor simbólico. La moneda serviría para pagar a Caronte, que según la mitología griega era el barquero que transportaría el alma del difunto hasta su destino final, el Hades.
El cadáver se exponía en la casa. Los pies del difunto señalaran a la puerta y la cabeza se cubriera con flores. Se avisaba de que se había producido el óbito con un vaso de agua en la puerta de la casa, que se traía de otra parte ya que el agua del domicilio se consideraba “contaminada” por el óbito. Al lado del vaso se colocaba una rama de ciprés, que ya era considerado árbol funerario. Al salir de velar al muerto se rociaba al visitante con un poco de agua para purificarlo.
El cadáver era visitado por amigos y conocidos del difunto, aunque las visitas femeninas estaban sólo reservadas para las más allegadas. En algunas casas con recursos se contrataba incluso a plañideras que exageraban sus lamentaciones, se vestían de negro, recogían el cabello, se golpeaban el pecho y se desgarraban las mejillas. Lloraban,  lamentaban y oraban por el muerto.
Después de tres días de velatorio, el fallecido estaba listo para recibir sepultura ocremación. Salía de la casa antes de amanecer y se efectuaba una procesión por las calles menos transitadas. En griego antiguo este ritual se llamaba ecforá. El difunto era conducido en un carro o en hombros hasta fuera de la ciudad, pasadas las murallas, y era sepultado o cremado (la incineración costaba algo más). Si el difunto era sepultado, el lugar se señalaba con algún elemento. Si era incinerado, sus cenizas se depositaban dentro de una urna que después permanecería en la casa. Más tarde, todos regresaban a la casa donde se había velado el cuerpo y realizaban rituales de purificación y grandes banquetes fúnebres.

Orfeo y Eurídice.

Orfeo, hijo de Apolo y de Calíope, poseía el don de la música y la poesía. Estaba enamorado perdidamente de Eurídice, y la convierte felizmente en su esposa. Pero derrepente, un día, ella estaba huyendo de Aristeo ( que pretendía poseerla ), pisó una serpiente venenosa, ésta la mordió y ella acabó falleciendo.
Orfeo , estaba invadido en una pena enorme, entonaba canciones tan tristes que todos los dioses y todas las ninfas le incitaron a descender al inframundo, dónde, con ayuda de su música, esquivaría mil y un peligros.
Un vez llegado ante los dioses del inframundo, Hades y Perséfone, utilizó su música para convencerlos de darle una segunda oportunidad a Eurídice en el mundo de los vivos. Aceptaron, pero con una condición : Orfeo debería caminar siempre delante de ella, no podía mirarla hasta que ambos hubieran llegado a arriba y los rayos del sol hubieran llenado por completo a Eurídice.
El camino de regreso se hizo eterno. Orfeo a pesar de ver a su amada, contenia sus ansias y miraba al frente, no se giraba ni cuando atacaban los peligros del inframundo.
Ya en la superficie, Orfeo giró la cabeza pensando que todo había pasado, pero Eurídice aún tenía un pie en la sombra, en ese instante, se desvaneció en el aire sin posibilidad de volverla ver de nuevo.